martes, 12 de agosto de 2008

La ausente


Carta de despedida a mis queridos compañeros de la Adoración Nocturna.

Este escrito mío que hoy envío para englosar los que leemos todos los meses en el Boletín de la Adoración Nocturna, lo hago con el fin de comunicar mis sentimientos, pero el verdadero sentido de él es para dirigirme a vosotros queridos adoradores y amigos de esta tan amada Adoración Nocturna.

Os recuerdo a todos con un gran cariño por todo lo que recibí con el testimonio de vuestra entrega y generosidad en la alabanza y adoración a nuestro Señor Sacramentado.

Te recuerdo a ti, José Luis, gran presidente, único, porque para llevar dicha presidencia no hubo otro mejor y eso se demostró en las varias votaciones que tuvimos que hacen durar tu mandato.

Recuerdo a nuestro querido D. Emilio que estuvo todas las noches dirigiendo nuestros rezos acompañándonos siempre con su sonrisa peculiar, a pesar de haber tenido el día lleno de trabajo, y como es natural con su correspondiente cansancio. En una palabra os recuerdo a todos y a todos os quiero.

Tengo muy presente y lo tendré toda mi vida la primera noche de mi adoración. La emoción y e entusiasmo me embargaban, no podía comprender que a mí, criatura insignificante, me hubiese elegido el Señor para acompañarle en la intimidad de su presencia y en esas noches que, al no ser por la Adoración Nocturna, se hubiese encontrado solo.

Aquella noche, también conocí a otros queridos adoradores, todos ellos con bastante edad y vi en ellos el testimonio de una vida de entrega y generosidad de varios años y su testimonio me ayudó a querer seguir su ejemplo y poder continuar durante muchos años la misión que ellos habían empezado. Muchos de ellos ya han encontrado la adoración perpetua, la que no termina aunque llegue el día pues ya no se separaran nunca del Señor, al que adoraron en la tierra y le verán tal como es, no con los ojos de a fe como le veían en la Tierra.

No he podido cumplir mi deseo de permanecer junto al Señor en su sagrario más tiempo de mi vida, pues mis pasos no son los pasos del Señor, lo que si se es que si el Señor lo ha permitido así es porque más me conviene, pues para todos los hijos de Dios, todo lo que nos manda es para nuestro bien.

Me fui una noche y no volví más, me marché en el silencio sin tener valor de despedirme de vosotros uno a uno, pues mi dolor hubiese sido grande y quise evitarlo y evitarme ese momento de tristeza en que dejaba por voluntad de Dios algo tan grande y que me había dado tanta alegría como era acompañar a mi Jesús querido.

A partir de entonces, el Señor, Él sabrá por qué me ha privado de lo que era el centro de mi vida, la Santa Misa, le doy gracias con toda mi alma por tantos años como pude hacerlo, por poder recibir todos los días a Jesús en la Sagrada Comunión.

Cuando oigo la misa por la televisión y llega el momento de la comunión, son mis comuniones espirituales las que dirijo al Señor pero ellas no colman ese deseo tan enorme de recibirle en mi corazón.

Le agradezco a mi Jesús con toda mi alma, ese sacerdote que cada semana me le trae, que viene a mi casa como fue a la casa de Zaqueo.

Yo también como Jesús tengo actualmente muchos momento de soledad y en ellas recuerdo a los Sagrarios abandonados y entonces pongo mi soledad junto a la suya para que se encuentren aunque sea por unos momentos, un poco más acompañado.

Y ahora, a vosotros os digo, adelante, que aumente el número de adoradores, estamos viviendo actualmente nosotros cierta agresividad, y digo nosotros porque todos somos Iglesia y es la Iglesia la perseguida, por eso necesitamos la ayuda del Señor y eso se ha de conseguir estando siempre muy cerca de Él y vosotros lo estáis en esas noches en que le adoráis y le tenéis tan cerca.

Pidamos luz a la Santísima Virgen para ver lo que hay que aceptar y detectar con firmeza y para aquellos que quieren destruir lo más Sagrado, digamos perdónales Señor porque no saben lo que hacen.

Dolores Arana Gudiel

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