lunes, 11 de agosto de 2008

En defensa de su S. S. el Papa

Carta publicada en El Diario Montañés el 1 de octubre de 2006 para manifestar mi adhesión a su Santidad el Papa Benedicto XVI.


Señor director:

Quiero, con esta carta, que hoy dirijo a este periódico, unirme al Santo Padre en su dolor y pena, por los tristes acontecimientos, que están surgiendo en estos días, con motivo de una conferencia que pronunció en una Universidad del país alemán, el cual ha visitado en estos días.

Están surgiendo enormes protestas islámicas, por las palabras del Santo Padre, que han sido malinterpretadas. Esto me entristece enormemente, pues va en contra del mensaje que nos trajo Jesucristo cuando vino a la tierra; nos traía la paz a todos los hombres de buena voluntad, y fue lo que predicó, durante el tiempo que sembró su palabra. Es la paz en nuestros corazones, lo que predicó entonces y nos pide ahora. Si es triste, la reacción islámica, lo es mucho más, las voces que se oyen en contra del Santo Padre, en Occidente.

Venimos arrastrando, hace ya algún tiempo, un comportamiento ajeno al querer de Dios; se ha empobrecido el ideal cristiano; nos hemos despojado de esa jerarquía de valores, que nos hacen ser consecuentes con nuestra fe, y por la que indudablemente, tenemos que dar a la vida un sentido sobrenatural y que nuestra dignidad se centre en que somos hijos de Dios. Estamos obrando sin pensar, nos dejamos llevar por la comodidad, el individualismo, el goce y el placer, de lo que no queremos prescindir, aunque con ello tengamos que renunciar, e incluso, renegar de nuestra tradición y nuestras raíces cristianas.

Es triste tener que hacer todos estos comentarios, pero es la total realidad, y de todos estos conflictos que estamos viviendo actualmente, ya ha habido una persona que se ha llevado la mejor parte, la religiosa asesinada, misionera en Somalia. Llevaba 40 años sirviendo al Señor con su mayor entrega y generosidad, y en unos instantes, sin esperarlo, se ha encontrado en los brazos de Nuestro Señor y la ha dicho: "Ven bendita de mi Padre a poseer el Reino que tengo preparado".

También tenemos que lamentar la muerte de otra persona que la acompañaba.

¡Ojalá! pudiésemos oír todos los mortales, esas palabras de Jesús. Que ha oído la monja. En nuestras manos está y es lo que Dios Nuestro Señor está deseando, para todos nosotros.

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