martes, 7 de octubre de 2008

De la vida de la gracia de Juan Francisco Pozo

El fruto del trato con Dios de la auténtica vida interior, se manifiesta en toda la vida de la persona: en su unidad, en su trabajo, en su alegría, etc. Sin cambiar nada por fuera, se trata de un nuevo modo de pisar en la Tierra, un modo divino, sobrenatural, maravilloso. Quizás nos gustara paladear por nuestra cuenta: ¡que vivo porque no vivo! : que es Cristo quien vive en mi.
Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su nombre.
La vida ordinaria queda iluminada con las luces divinas, se descubren nuevos panoramas de santificación en el trabajo, en la convivencia, en el modo de afrontar las dificultades. Dios nos espera cada día. Sabedlo bien; hay un algo santo divino escondido en las situaciones más comunes que toca a cada uno de vosotros descubrir y se advierte con claridad que vale la pena luchar por conseguirlo.
Pero a la vez que se perciben esos brillos divinos, se levantan también de polvo, dificultades de diverso tipo (desencantos), vacilaciones, experiencia del desorden de las pasiones, etc. Que parecen hacer más lejana la meta. La inclinación al mal y la resistencia al bien se conocen en su justa dimensión cuando se busca de verdad la santidad.
¿Cómo podemos superar los inconvenientes? ¿Cómo lograremos fortalecernos en aquella decisión que comienza a parecernos muy perioda? Inspirándonos en el modelo que nos muestra la Virgen Santísima, nuestra Madre; una ruta muy amplia, que necesariamente pasa a través de Jesús.
De la vida de la gracia de Juan Francisco Pozo

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